OPINIÓN
- MEMORIAS Y PAJAS...
- Por FG
…en el ojo ajeno, claro está. Aunque hay otras mentales mucho más peligrosas porque, al fin y al cabo, las del ojo se quitan de un manotazo o, dicho sea de paso, de una buena hostia dada en el momento oportuno (dígase tirón de coletas en el patio del colegio), pero las otras, las otras necesitan del buen hacer de un profesional y, aún así, no siempre se solventan.
Andaba yo recuperando momentos pasados cuando caí en la cuenta de lo importante que es la Memoria, sí, memoria con eme mayúscula, esa memoria que te trae y te lleva dónde le place, esa que es capaz de inventarse por sí misma y hacer de una ficción una realidad de tanto recordarse como a uno más le satisface. Esa de la que solo se conserva lo que interesa y se olvida lo que no gusta, lo que nos molesta, esa parte de nuestra vida que hemos omitido olvidándola en el fondo del cajón mientras vamos viviendo acontecimientos actuales y que nos llenan el espacio permitido de recuerdos con cosas más gratas y recientes.
Pero qué pasaría si hacemos un guiño a la vida y volvemos al pasado, si hacemos un esfuerzo extracorpóreo para recordar todo aquello que intentamos sacar del fondo del último cajón del último mueble del último pasillo que conduce a la última habitación de nuestra cabeza, qué pasa si le pegamos una patada a la memoria cual puerta de esa habitación, pues yo os lo digo, que caes en el oscuro y profundo abismo de la paja mental.
Y no se lo recomiendo a nadie, los sapos y las culebras fluyen rodeados de negras arañas cuyas telas han cubierto el resto del mobiliario, los violentos murciélagos se pegan en tu cara al sentirse atacados por la luz que intentas introducir y al final acabas por cerrar la puerta de nuevo y sales corriendo hacia el presente.
Pero esto no es lo peor, lo verdaderamente amargo y ácido –bonita paradoja y excelente combinación de sabores que acabo de cocinar– es cuando abres una puerta equivocada y observas lo que ven cuando te miran los demás, y si te quedas con ganas de más, a ver quién tiene cojones a abrir esa puerta errónea y que, para más inri, sea de la infancia. Ejercicio nada recomendable. Cuando ves que la vida no ha hecho nada contigo y descubres que eres exactamente igual que como te recuerdan después del paso de treinta largos años, que la esencia es la misma y que hay cosas que nunca cambian (ni a hostias ni con las ratas penás adheridas a tu rostro) es cuando te preguntas si la paja es mental o está en el ojo ajeno.
Aquí es cuando empiezas a considerar si eres tú o son ellos los equivocados o, si coinciden, si ha valido la pena vivir la vida que has vivido, –¿aburrida a veces?, tal vez, emocionante otras, sin duda–, para llegar a la conclusión de que la vida no es sino un juego, que ha de ser divertida para que tenga algún aliciente, en lo realmente gratificante que es buscar el equilibrio entre lo que queremos y cómo lo conseguimos y que si la tabla oscilante por la que hemos de andar para atravesarla es muy ancha, la vida es más aburrida. En el riesgo está la emoción y lo divertido, y cuanto más estrecha e inestable sea, mejor te lo pasarás cruzándola.
Y he aquí la paja mental o la del ojo ajeno, o será que pertenezco a la sociedad secreta de las «Uñas mal pintadas» o como decía W. H. Davies:
Girls scream,
Boys shout,
Dogs bark,
and, school´s out (o the ORBA)
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